La peluca del Fauno


“Cuando el fascismo regrese, no se llamará Fascismo, se llamará libertad.” – Umberto Eco (1995)

Como si fuera insuficiente la adhesión del gobierno argentino al gobierno israelí de Benjamín Netanyahu, abrazando lo que para muchos países del mundo ya es “el peor genocidio del siglo XXI”, nuestro país afronta su propio exterminio. Un genocidio por goteo. Ya en 1944, Raphael Lemkin definió el genocidio sistemático como la aniquilación de un grupo humano por motivos de raza, etnia, religión o nacionalidad. Aclaremos que las razones políticas y socioeconómicas no encuadran en esta última definición. Según el derecho internacional vigente, imperio mediante, nuestros 30.000 desaparecidos no entrarían dentro de esta categorización. Obviamente, los organismos de DDHH nacionales e internacionales tensan dialécticamente este intencional recorte. Hay una zona gris, explícita e implícita, que camufla dichos exterminios.

El axioma jurídico de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 contiene cinco prototipos de accionares genocidas: asesinar a integrantes de un grupo étnico y/o religioso, producir perjuicio físico o mental grave a personas dentro del denominado colectivo, subyugar intencionalmente al grupo a contextos de existencia que impliquen su deterioro físico total o parcial, imponer sistemas orientados a imposibilitar los nacimientos al interior del colectivo con intención de diezmarlo generacionalmente y, por último, el traslado violento de niños y niñas.

A su vez, el referido genocidio por goteo es porción de lo más frecuente, sobre todo en Latinoamérica, en el que, sin grilletes ni enrejados, se expulsa a una fracción de la sociedad a un régimen de asfixia socioeconómico nodal.

Podríamos afirmar que el primer paso es el empobrecimiento: hay un despojo sistemático de recursos, un retroceso de todo derecho a la subsistencia, un exterminio cabal de las condiciones primordiales, alienando y sofocando. Todo ello y más, en una Argentina con una democracia de bajísima intensidad y de oposición inexistente.

En nuestro país, desde las oscuridades palaciegas de la Casa Rosada no se hace otra cosa que rotular desde las sombras, y es desde allí que se traza el disparo, sin exponerse, ultimando a cotidiano sin el menester de la materialidad del balazo. Pablo Grillo es solo un daño colateral, Santiago Maldonado cosa del pasado, Rafael Nahuel solo un indio menos. Hace mucho tiempo que las muertes son blancos y los blancos son inapreciables: no salpican sangre derramada, explícitamente no existen, por más que contemplemos la delgada línea roja del hambrear ancianos y discapacitados.

La invisibilidad y el silencio van de la mano; en definitiva, la sociedad argentina avizora la realidad violenta que la atraviesa desde la reproducción ideológica medial. Los contenidos se menguan o propagan acorde a los lineamientos de necesidad del Estado/mercado, en una búsqueda de consenso social y en la instalación controlada de la exclusión. Como diría Daniel Feierstein: “el genocidio como práctica social”.

Nos hemos convertido en una sociedad excluyente, y la sociedad que excluye es, por axioma, una sociedad que regenta la desigualdad. Dicho de otra forma: la participación de las mieles del capitalismo y la teoría del derrame anarco capitalista es tan inmoral que recorre las estribaciones de la inhumanidad.

¿Qué representa esta categoría de análisis? ¿Qué relación marca con nuestros jubilados reprimidos y gaseados todos los miércoles? ¿Qué responsabilidad de abandono de persona tendría el gobierno de Javier Milei? ¿Cuál sería su implicancia y complicidad de cohecho en el caso de la anulación de las asignaciones por discapacidad?

Un concepto para puntualizar es que estamos instalados en una depreciación pausada pero incesante de las condiciones de vida de los más débiles. Ahora bien, a la aporofobia mediopelar el genocidio por goteo no le interesa: es de una materialidad que, en su obsecuencia con la hegemonía, no discute, no nomina; mantiene su esponjosa y cómoda subjetividad abierta a la colonización medial del poder, el escándalo del ignorar y mirar para otro lado, pese a ser gestado a galope de instituciones del Estado. Todo ello en un contexto abrumador de transferencias de recursos hacia los poderes concentrados. Estos traspasos, en defecto de los más débiles, son igualmente —y gritémoslo— genocidios.

La dilatación diacrónica del exterminio no le saca su significado de aniquilación por parte del Estado o lo que queda de él. La disminución del énfasis genocida perpetuado en la larga duración no anula la categoría: hablamos de genocidio por goteo, genocidio sin lugar a dudas. La ejecución existe, aunque con intervenciones dilatadas en el tiempo; sin embargo, está ahí, entre nosotros. Solo al alzar la vista, con un dejo de humanidad, nos permite adentrarnos en las profundas fauces del fauno.

En las proféticas letras, como siempre, de Charly, suena y resuena que “hay un horrible monstruo con peluca que es dueño en parte de esta ciudad de locos. Hace que baila con la banda en la ruta, pero en verdad les roba el oro…”. Que se diga que el anarco capitalismo es fascismo: no de Estado, como antaño; en esta oportunidad, de mercado. Y donde el genocidio por goteo logra su cometido en los consensos electorales del 40%. Gramsci y Althusser no se equivocaron.

Lic. Sacha Kun Sabó

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