De idiotas, odiadores y narcisistas


“Las redes sociales le dan el derecho de hablar a legiones de idiotas que primero hablaban sólo en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”. Umberto Eco

Creo que a muchos nos pasa esa extraña sensación de vergüenza ajena, sobre todo en los recurrentes viajes del Presidente Javier Milei al exterior. Vergüenza, entre otras cosas, a sus permanentes y dislocadas alocuciones construidas desde el odio, ya sea este a Mao Tse-Tung, las BRICS, los homosexuales o el afamado Margarito Terere.

La ideología del odio como nexo aglutinador de voluntades odiantes y que emblemáticamente se dirigen hacia el Estado y hacia los otros negativizados. A este variopinto inventario de cosas, las preguntas se nos hacen recurrentes: ¿Qué nos pasó? ¿Cómo llegamos a este punto de desquicio y patología naturalizada?

Un primer sentido, a todo este desmadre, es que estamos en una problemática de cansancio global, cansancio hacia la política, hacia el estado y en definitiva, hacia la democracia, como espacio de plasmación de sueños e ilusiones colectivas. Es el sentimiento encontrado de muchas generaciones que no fueron contenidas por un sistema desgastado y corrupto.

Por otro lado, los sectores hegemónicos del orbe, a aquel estado garante, que en algún momento las burguesías emergentes de la Revolución Francesa supieron constituir y utilizar hoy lo instalan como desechable. Construcción que molesta a los intereses corporativos y concentrados multinacionales. Es aquí donde al tilingo de turno argento se le permite decir: “…soy el topo que viene a destruir el Estado”. Ese mismo estado que con terribles errores y responsabilidades, incluso genocidas, era un mínimo paraguas para los más desposeídos.

La modernidad pasó a ser posmodernidad junto al desuso de sus logros más loables: el estado, la democracia, los derechos humanos, la ciencia, el conocimiento racional, los feminismos todos ello trocado por terraplanistas, anti- vacuna, negacionistas anti democráticos, narco-diputados, cripto-estafadores. La biblia y el calefón, todo al compás de un 3%.

Ahora, este modelo sólo puede instalarse desde una férrea reproducción ideológica medial con un manejo de los contenidos del sentido común, creando postmodernas subjetividades construidas bajo el sesgo de la violencia. Nos supimos construir o nos dejamos colonizar en el dejar de fomentar las luchas por los principios y la ampliación de derechos, para enfrascarnos en batallas contra nuestra propia especie, negativizaciones extremas que pueden llamarse: pobres, marrones, negros, collas, kukas, zurdos, una lista elevada al infinito; el otro, desamparado, como enemigo, el otro ideológico plausible de ser exterminado.

Estos epítetos descalificadores del fascismo de mercado o neofascismo desnuda claramente la clausura del poder hacia construcciones críticas y anti-hegemónicas. Y para no ser tocados por ninguno de estos epítetos, nos hemos arrojando al agotamiento, la desilusión, la depresión, en pos de la auto explotación. Es la nominada sociedad del rendimiento, definida por el filósofo sur coreano Byung-Chul Han, cimentada sobre la auto-responsabilidad de la pobreza, categoría ya instalada por el neoliberalismo noventista, formateo que genera depresivos y fracasados, el síndrome de “un alma agotada o quemada”. Suicidios al día.

Es paradójico y escalofriante, la estandarización de un patrón de conductas violentas, donde las mismas víctimas adhieren a formulaciones hegemónicas fascistas reproduciendo un fanatismo visceral hacia el otro negativizado. En un sistema interpretativo, con un paradigma aporofóbico, tan hecho carne que el mismo individuo, es su propio carnicero. Se construyen en victimarios y víctimas en la misma persona: la uberización de la cultura, La auto-explotación para nunca ser visto como pobre.

El individuo desclasado per se, se siente superior sin tener una clara definición del porqué, más allá del color u origen de quinta lejana generación europea. El temor es ser confundidos con ese ellos, en su pretensión de élite blanca y superior y por tanto entonces en la necesidad imperiosa de despegarse de esos otros pobres. Hay una desconexión ontológica de la realidad que sólo puede ser consolidada desde el odio donde el mercado ha tenido la sapiencia de formular un imaginario donde todos nos percibimos de clase media, salvo esos otros que viven en la pobreza por auto-convicción y deseo.

Patología social con puntos de contacto tanto al “Síndrome del Tío Tom”, como al “Síndrome de Stephen Candie” (en referencia al criado negro de la película “Django sin cadenas”, interpretado por Samuel L. Jackson) que directamente odia a todo aquel que no sea blanco y exitoso. Tengamos cuidado, ya lo vivimos, nosotros y el mundo, aquel mundo de la Alemania de 1933, estamos atravesando una humanidad, una cultura de la soledad con invocaciones a cábalas autoritarias de nodos sociales odiantes que siempre y como estrategia, recogen los extremismos de derecha y los holocaustos. Tal vez no sistemáticos, pero si por goteo. El primer campo de concentración nazi, el de Dachau no fue para detener judíos, fue para detener comunistas y socialdemócratas. Por alguna razón se presiente que están tocando a tu puerta.

Por Sacha Kun Sabó.

NOta publicada en Página 12 https://www.pagina12.com.ar/2025/12/29/de-idiotas-odiadores-y-narcisistas/

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